El ruido de un carruaje me volvió de nuevo a la realidad, parecía que el primer invitado acababa de llegar, me levante y me fui hacia la ventana. El carruaje paró justo al comienzo de las escaleras que llevaban a la entrada de la casa, de el salio una figura envuelta en una capa negra y la cabeza cubierta con una capucha de la misma capa, esa noche hacia frío y el viaje en coche no era muy agradable que se dijera. La figura empezó a subir lentamente los escalones cuando de pronto se paró, con sus manos enguantadas se echó para atrás lentamente un poco la capucha dejando al descubierto la cara de una mujer hermosa y joven, dirigió su mirada hacia la ventana donde yo estaba asomada y con una sonrisa en sus labios me saludo con la mano. Era ella, era mi niña que otra vez estaba en casa, un asunto le había echo irse de aquí, y mientras lo resolvía parece ser que encontró a alguien especial y decidió quedarse, pero hoy otra vez estaba aquí, y de nuevo podría estar y hablar con ella como hacíamos antaño.
Me quite de la ventana para terminar de arreglarme mientras ella subía las escaleras hacia mis aposentos.
Los pasos subiendo corriendo las escaleras se oyeron desde donde estaba y después correr el pasillo para después abrirse la puerta de mi habitación mientras un “Madre” se dejaba oír, y los pasos se detenían. Yo me puse de pie dándome la vuelta, allí estaba ella, de pie con la capa aun puesta, al lado de la puerta.
Madre, repitió ella, comenzando a caminar hacia mi lentamente, yo hice lo mismo y caminé hacia ella.
“Señorita” repuse, “no le han enseñado modales, no sabe que no puede entrar en unas habitaciones ocupadas sin permiso”, la dije con una expresión seria que me costaba mantener por la enorme alegría que me producía verla de nuevo. “Y aun mas, subir las escaleras como las has subido, eso no es propio de una señorita como tu”.
“Lo siento Madre, pero tenía tantas ganas de verte que no aguante esperar a llamar a la puerta y que me contestases”, dijo parándose frente a mi y bajando la cabeza.
La observe por un momento, “ven aquí mi niña”, la dije abriendo los brazos sonriéndola, ella levanto la cabeza e hizo lo propio también riendo, y nos fundimos en un abrazo eterno.
“Madre, tenia ganas de estar de nuevo en casa y estar contigo”, dijo ella.
“Y yo mi niña…. y yo, no sabes cuanto”, dije mientras unas lagrimas recorrían mis mejillas.